domingo, 4 de octubre de 2009

ALGUNAS PARTICULARIDADES DE LA REVOLUCIÓN DEMOCRÁTICA EN AMÉRICA LATINA

KAOSENLARED
Algunas particularidades de la revolución democrática en América Latina

El ascenso electoral y sostenimiento pacífico de gobiernos nacionalistas en A.L. es una experiencia nueva. Ello confirma la regla de todas las auténticas revoluciones: No hay fórmulas preconcebidas.
Fernando Dorado

En América Latina está en pleno desarrollo una revolución democrática. Las luchas desarrolladas por los trabajadores y los pueblos contra las políticas neoliberales han dado frutos. La resistencia popular ha logrado derrotar políticamente a las oligarquías y al imperio norteamericano, colocando en los gobiernos de varios países a representantes de clases subordinadas.

Esas nuevas fuerzas políticas – surgidas sobre la marcha - aprovechan y utilizan la institucionalidad existente para transformar las relaciones de poder e intentan avanzar hacia cambios estructurales.

Dicho proceso viene abordando dos grandes tareas: construir condiciones reales para ejercer una verdadera soberanía política (2ª independencia nacional) y democratizar el acceso a la tierra y al capital.

Fuerzas poderosas como el imperialismo norteamericano, intereses transnacionales europeos, y las oligarquías regionales, son sus principales enemigos.

¿Qué particularidades tiene esta revolución?

¿Qué hace a esta revolución diferente de otras que ya han ocurrido en el mundo? ¿Qué retos plantean las especifidades de este proceso a los pueblos y a sus vanguardias políticas?

La revolución “indo-afro-euro-americana” ha adquirido una forma civilista, pacífica, vía electoral-institucional. Los sectores populares se plantean defensores de la paz y de las instituciones democráticas. Son – paradójicamente - las fuerzas contra-revolucionarias las que reaccionan en forma violenta, intentando y realizando golpes de Estado como el que acaban de dar en Honduras con el apoyo de los EE.UU. Violan y desconocen su “propia legalidad”.

A pesar de ese ataque violento y de la actual ofensiva imperialista que utiliza la economía del narcotráfico como herramienta de intervención territorial (Plan Mérida y Plan Colombia, bases militares y acuerdos con gobiernos de Colombia, México y Perú), la experiencia exitosa de los pueblos de la región ha reafirmado entre las fuerzas revolucionarias la necesidad de seguir impulsando esa línea de acción pacífica y civilista.[1]

La dinámica del proceso ha impuesto esa “forma de lucha”. No fue programada por nadie, ni surgió de una teoría. El imperio y las oligarquías diseñaron formas de “guerra sucia” y aplicaron diversos métodos contrainsurgentes para convertir las legítimas insurrecciones armadas en “guerras de desgaste”. Los ejemplos más visibles se han presentado en El Salvador, Colombia y Perú.[2]

Algunos revolucionarios avezados y experimentados previeron esa evolución. Fidel Castro, como siempre, fue uno de los primeros en vislumbrar ese horizonte, al evaluar las condiciones mundiales después de la caída del bloque “socialista” que encabezaba la URSS hasta 1989. Eso explica el por qué – en este momento – la lucha armada no esté a la orden del día.

Ya antes en el mundo se había intentado esa vía pacífico-electoral. Los casos de Indonesia (1965) y Chile (1973) son una muestra de ello. Sin embargo, Sukarno y Allende fueron derrocados por fuerzas reaccionarias e imperiales, lo cual – en ese momento – reforzó la idea de que la única forma de acceder al poder por parte de los pueblos era por la vía insurreccional armada.

Sin embargo, es importante recordar que todas las revoluciones triunfantes - hasta ahora -, enfrentaron y derrocaron a gobiernos dictatoriales. Los regímenes democráticos, así fueran de fachada, habían sido herramientas exitosas en manos de las oligarquías. En esos regímenes - aparentemente democráticos -, las insurrecciones armadas y las guerras de guerrillas fueron neutralizadas o derrotadas.

El ascenso electoral y sostenimiento pacífico de gobiernos nacionalistas de América Latina a principios del siglo XXI, es una experiencia relativamente nueva.

Ello confirma la regla de todas las auténticas revoluciones: No hay fórmulas preconcebidas. Estamos aprendiendo y debemos aprender con mucha rapidez.

Civilista y pacífica no significa ingenua, ni tampoco “desarmada”, como bien lo han planteado los presidentes “bolivarianos”. ¡No! Significa que el pueblo logra copar (rodear, envolver, “controlar”) todas las áreas de la institucionalidad existente, incluyendo el ejército, creando – en la medida de lo posible – fuerzas y milicias populares que eviten que fuerzas reaccionarias al interior de la fuerza pública, puedan sublevarse contra del proceso democrático.

Acceder a los “aparatos gubernamentales existentes” no significa que las revoluciones democráticas ya se han realizado o consolidado. ¡NO, recién empiezan! La particularidad consiste en que para avanzar debemos acumular fuerza propia en medio de realizar una “gestión gubernamental e institucional” utilizando un aparato estatal que “no es el nuestro”.

Esa acción gubernamental se hace pensando en toda la población. A veces hay que convencer a los sectores organizados – que son todavía minorías excepcionales en nuestras sociedades – para que, por un lado, tengan paciencia, y por el otro, contribuyan con su acción a la expansión de la organización social hacia amplios sectores de la población.

En este último trabajo a veces se tienen problemas con “sectores impacientes”[3], u otras fracciones que están desconectados de las realidades de amplios sectores de la población, desempleados, trabajadores informales, y decenas de millones de familias arrasadas por décadas de neoliberalismo y exclusión.

De igual manera, se encuentran dificultades con sectores de trabajadores que anteponen sus intereses particulares a la marcha del movimiento en su conjunto. Se tiende a disfrazar reivindicaciones sectoriales con lenguaje “seudo-socialista”, falsas fórmulas “estatistas”, que en verdad ocultan intereses estrechos. Sus luchas reivindicativas son justas, y por ello deben ser tramitadas con justicia y equidad democrática, pero sin perder de vista los intereses generales.

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En medio del qué hacer de nuestras revoluciones, debemos ir clarificando lo que es el Poder. Es importante comprender que éste no “se conquista” sino que se construye. Que el Poder es “una relación de fuerzas”. Y, también, para ajustar nuestra acción, debemos ser capaces de interpretar la forma específica que ha adquirido la situación de “dualidad de poder”, fenómeno que se presenta en toda verdadera revolución. Identificar y explicar esa “particularidad” es vital para poder avanzar.

Esperamos abordar este tema en nuestro próximo artículo. Ojalá logremos estimular el debate.
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[1] Ver: Diversos pronunciamientos del Frente Nacional de Resistencia contra el Golpe de Estado y la Coordinadora Nacional de Resistencia Popular de Honduras.
[2] Concepciones erradas y métodos incorrectos de los insurgentes también contribuyeron con ese objetivo del imperio.

[3] Ver: Agencia de los Pueblos En Pie, “Los Pueblos del Ecuador se movilizan”; James Petras, “América Latina y el fin del socioliberalismo”; Manuel Sutherland, “Nacionalización (sin indemnización) y dictadura del proletariado; Reformismo vs Revolución.”, Kaosenlared y Rebelión (16.09.2009)