viernes, 11 de diciembre de 2009

BOLIVIA Y LOS BOLITAS

por Flavio Dalostto

Cuando tomo el colectivo (bus) de la línea 9 para ir al trabajo, siempre me encuentro en cierta esquina con un taller mecánico y un letrero pintado enorme con colores azul y amarillo que reza "el bolita"; así que ya podemos imaginar de que origen es su dueño, el que se ha puesto a sí mismo, casi desafiante, ese sobrenombre de sombrero.

En el periódico de Rincón (Patagonia Argentina), del 14 de abril de 2009, salió publicado un artículo sobre el boliviano Don Rufino Siles, que había fallecido un año antes. Cuenta la nota que "Don Rufino Siles Almendras nació el 7 de abril de 1933, en la comuna de Tarata del Valle de Cochabamba, en Bolivia. Era hijo de Miguel Siles y Victoria Almendras y tenía 4 hermanos. A los 17 años hace el servicio militar en su país y con 19 años recién cumplidos, decidió que ya era hora de buscar su propio destino y parte con rumbo hacia la República Argentina en busca de un futuro promisorio que parecía esquivo en Bolivia.

Así fue como Rufino aprende los más diversos oficios y comienza a recorrer el país. Durante casi 20 años transita por el territorio argentino, comenzando en el norte, luego el litoral, para llegar a la región de Cuyo, en donde consigue trabajo en minas de San Juan y San Luis. Es durante estos años en donde contrae silicosis, una enfermedad propia de los mineros y que le produce dificultad para respirar, al estar en contacto permanente con partículas de sílice cristalina.

Siguiendo con su periplo por todo nuestro país, Rufino llega en 1970 a Comodoro Rivadavia, ciudad en la que desarrolla su trabajo como transportista para una empresa norteamericana. Se queda en esa ciudad patagónica durante unos años y decide mudarse a Burzaco, en el Gran Buenos Aires, a casa de su hermano Juan.

Refugiado y contenido en el seno familiar, Rufino realiza distintos tipos de trabajos hasta que la humedad de la zona daña severamente su salud y la afección crónica de silicosis se le hace intolerable, por lo que, siguiendo un consejo médico, decide trasladarse a un lugar con clima seco y llega de esta manera a la ciudad de Neuquén en donde consigue trabajo en la empresa Ategan.

Es de la mano de esta misma empresa que llega a Rincón de los Sauces, en 1974 y ya no se traslada más. En aquellos años, Rincón era un pequeño asentamiento en formación y Rufino, con sus 41 años de edad, aceptó el desafío de vivir en un nuevo pueblo en donde todo estaba por hacerse todavía.

Don Rufino siguió trabajando como chofer en la empresa Ategan y trasladaba al personal de Pérez Companc. Luego consiguió trabajo en la empresa “El Patagón”, como encargado del comedor y del almacén. Allí conoció a una ayudante de cocina, Liliana Molina y sintió que era el momento del amor. La pareja se casó en 1982 y tuvieron tres hijos: Javier, de 30 años; Carla de 27, quien estudia para ser escribana y Rufino de 25 años, profesor de música.

Con su radicación definitiva en la ciudad, Don Rufino pasó a ser conocido cariñosamente como “el bolita”, apodo que hacía origen a su nacionalidad. En el año 1990 debe jubilarse por incapacidad luego de sufrir un accidente automotriz, en el que perdiera el 70% de la vista de su ojo derecho y para consolidar sus ingresos, comienzo a realizar trabajos de albañilería.

De un perfil muy bajo y sin hacer alarde de sus actos, este hombre se transformó en alguien muy querido. Desde 1994 hospedó a una gran cantidad de extranjeros en su casa, en especial a aquellos que venían buscando a su único paisano radicado en el pueblo. Su contribución silenciosa produjo el asentamiento de varios hombres de trabajo que contribuyeron al crecimiento de esta ciudad, forjada por hombres y mujeres que se aventuraron a construir sus vidas en un lugar en donde todavía hay muchas cosas por hacer."

(nota completa en http://www.elperiodicoderincon.com.ar )

Como ya he escrito, en algún artículo, sucede a veces, que ciertos apodos o gentilicios apócrifos tienen en su origen una connotación despreciativa. Con el tiempo, también puede suceder que esos apodos o gentilicios crueles, sufren, merced a procesos sociales misteriosos, una lenta transformación de su significado; y lo que envolvía y envuelve desprecio, también puede abrigar reivindicación. Así pasa con las palabras "negro" o "indio" o "mestizo".

A los bolivianos en Argentina, le dicen "bolitas". Históricamente ese apelativo ha encerrado y encierra desprecio; pero en los últimos tiempos se ha empezado a escucharlo, de vez en cuando, con cierta naturalidad, en bocas de quienes no tienen nada contra los bolivianos o de boca de algunos bolivianos para referirse a sí mismos.

El apelativo "bolita", tiene relación con el origen indígena de la mayoría de los bolivianos y bolivianas que han colonizado la Argentina. Las razas aymaras, quechuas y guaraníes tienen en promedio una estatura mas baja que otros pueblos indígenas y comunidades europeas argentinas. Por otra parte, la palabra "bolita" tiene relación con la actitud "cerrada", "de cabeza gacha", "de baja autoestima", que se reflejaba en la postura corporal de miles de bolivianos que venían a este país con el alma desgarrada, a un mundo desconocido, acostumbrados a bajar la cabeza ante el patrón o a cambiarse de vereda, si venía caminando un no-indígena. Este apodo "bolita" también tiene relación con un artrópodo terrestre, de lo más común en nuestra país, el "bicho-bolita", cuyo nombre científico es oniscídeo, al que también se conoce como chanchitos de tierra, bichos bolitas, bichos de bola, keka o marranito.

Tienen un exoesqueleto rígido, segmentado y calcáreo, y poseen siete pares de patas.
Algunas especies de oniscídeos tienen la capacidad de enrollarse sobre sí mismos, formando una bola cuando se sienten amenazados. Su exoesqueleto presenta una forma de acordeón que les facilita este enrollamiento. Los "bichos bolita" no son siempre "bolitas". Se enrollan para protegerse de las agresiones, o cuando sienten miedo. Su armadura exterior les permite resistir la muerte, atravesar los tiempos difíciles. Nunca atacan, solo se cierran. Son expertos en la supervivencia. Y cuando lo peor ha pasado, cuando el miedo ha sido devuelto a su cueva, el "bicho bolita" analiza con sus antenas el aire circundante, y si se siente seguro, sale de su encierro, se despereza, bosteza, se desenrolla, se estira, y camina seguro su cotidianidad. Es inteligente, estudia los tiempos, sopesa las oportunidades, no se hace matar tontamente ni se somete a ningún otro animal. Y al final, a su Tiempo, gana sin lastimar a nadie. Ellos solo comen detritus y raicillas. Son numerosos. A nadie atacan. No son agresivos. Son un Pueblo de Paz.

Habrá, tal vez, que volver a analizar el significado profundo de ese gentilicio apócrifo para los bolivianos de Argentina, no a la sombra de las décadas anteriores de marginación y de baja autoestima; sino al milenio naciente de liberación y orgullo nacional recuperado. Tal vez, descubramos que esa palabra "bolita", encierre nuevos significados para la bolivianidad del Siglo 21, y la futura Asamblea Plurinacional declare al Osnicidio, "Crustáceo Nacional Boliviano", elevado al nivel de símbolo nacional como la Cantuta y el Patujú. Tal vez, algún manifiesto de argentinos descendientes de bolivianos, en el futuro, diga "bajo el nombre de bolitas nos despreciaron. bajo el nombre de bolitas nos reivindicaremos".


PD: la nueva asignación familiar por hijos, universal, en Argentina, implementada por la presidenta Cristina Kirchner, dota de 180 pesos argentinos por cada hijo desde el recién nacido hasta 18 años, (con límite de 5) a toda familia argentina de bajos ingresos, o desocupados, o con trabajo informal. El decreto dice que todo niño extranjero, que resida en nuestro país desde hace 3 años también recibe este beneficio económico.

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