domingo, 17 de enero de 2010

HAITÍ ES CAOS, DESESPERACIÓN Y VIOLENCIA

EL PAÍS (ESPAÑA)
La escalada de la violencia frena el reparto de ayuda

Los tumultos, tiroteos, saqueos y hasta un linchamiento en Puerto Príncipe dificultan las labores de las organizaciones humanitarias
PABLO ORDAZ (ENVIADO ESPECIAL)

El terremoto ya mata en Haití con arma de fuego. A las 7.45, a la altura del número 31 de la calle Delmas, camino del aeropuerto, un grupo de gente se arremolina alrededor de dos muchachos jóvenes recién asesinados, cada uno con un tiro certero en la nuca. Aún sangran. Cuando se pregunta qué pasó, la respuesta es: "Ladrones". Y un gesto que quiere decir: "Ahora ya lo saben, lárguense de aquí".

Los soldados miran cómo la gente se pelea por una bolsa de patatas fritas
La tarde anterior, otro joven fue ajusticiado por la policía tras participar en uno de los saqueos que ya son la moneda que más circula por Puerto Príncipe. Luego fue apartado y quemado en el arcén, no sin antes quitarle lo que de valor llevaba en los bolsillos. No habrá autopsia. Un muerto más achacable al terremoto.

En cuestión de 24 horas, la situación ha cambiado radicalmente. La ausencia de ayuda humanitaria, el hambre y la sed más rotunda han terminado por encender la llama y los saqueos se han generalizado en la ciudad. Varios cooperantes, atrincherados todavía en el aeropuerto con las cajas de ayuda sin abrir, reconocen: "No entraremos en la ciudad hasta que no lleguen los norteamericanos".

Ya están llegando, pero tampoco ellos han traspasado todavía las puertas del aeropuerto. Estaba previsto que entre ayer y hoy fueran llegando a Haití unos 10.000 soldados. Entre ellos, unos 3.500 pertenecientes a la 82ª División Aerotransportada y 2.200 marines, además del portaaviones Carl Vinson con dos decenas de helicópteros, un buque hospital y tres buques más para el desembarco de vehículos anfibios.

Será un desembarco propio de una guerra para un país que acaba de sufrir la peor derrota imaginable a manos de un enemigo pertinaz llamado pobreza e infortunio. Ya todo el mundo tiene asumido aquí que, hasta que los estadounidenses no pongan orden, las cajas de antibióticos y analgésicos que tanto necesita la doctora María Claudia Mallarino seguirán inútilmente cerradas junto a las pistas del aeropuerto de Puerto Príncipe.

Y lo que es peor: a menos de un kilómetro de donde la doctora llegada de Estados Unidos y un grupo más de médicos impotentes se desesperan ante el dolor que no pueden atajar. "Díganlo, por favor. Necesitamos urgentemente antibióticos intravenosos, analgésicos... Y también médicos ortopedistas, anestesiólogos... Por favor, venga conmigo, fíjese en qué situación estamos".

Lo que se ve a continuación es que, dentro del acuartelamiento de la misión de Naciones Unidas para Haití, a menos de un kilómetro del aeropuerto, unos 40 haitianos heridos por el terremoto, algunos de ellos rescatados en las últimas horas de las entrañas de sus casas, están tirados por el suelo. Algunos, los más afortunados, descansan sobre unos cartones, como si fueran vagabundos -o tal vez porque ya lo son-, quejándose de dolor por la falta de calmantes, curados chapuceramente a la vista de todos, rodeados de suciedad y con el mismo olor a muerte que se trajeron de la tumba unas horas antes.

A la salida del cuartel general de Naciones Unidas, la situación también ha cambiado radicalmente. El sábado, un soldado con su arma en bandolera se bastaba para mantener la seguridad. Ayer, dos decenas de cascos azules peruanos se las veían y deseaban ante una multitud desesperada en busca de algo que llevarse a la boca. Uno de los soldados intentaba convencer a un muchacho de que no está en su mano. "Esto se está poniendo muy feo", reflexiona, "incluso yo le diría que esto está a punto de explotar. Los negritos están empezando a tener mucha hambre...".

En la calle, decenas de personas cargadas con maletas buscan desesperadamente el modo de salir de la ciudad. En cuanto tienen ocasión se suben en camionetas tan llenas de gente que apenas pueden arrancar. Se van huyendo del hambre, pero también del clima de guerra que ya se cierne sobre Puerto Príncipe.

Sólo hace falta acercarse al centro para comprobar que el soldado peruano dio de lleno en la diana. Un paseo por las cercanías de la catedral de Puerto Príncipe, que el día anterior se podía hacer con relativa tranquilidad, se convierte en una encerrona. Decenas de personas, sin distinción de edad, atacan un supermercado en ruinas para, sin reparar en el peligro de derrumbe o considerándolo menor que el de morir de hambre, arrebatar de los escombros sacos de arroz y de patatas, botellas de aceite, latas de refrescos, galletas, queso y, ya puestos, cajas de cosméticos.

Un todoterreno con cascos azules aparece en escena, pero pasa de largo sin intervenir. Los soldados contemplan cómo la gente se pelea entre sí por un simple paquete de patatas fritas. Hay una mujer que placa por la espalda a un joven que ya estaba huyendo con una caja. Forcejean. Al rato, aparece una tanqueta blanca de Naciones Unidas pero también prefiere hacer la vista gorda. De pronto, como si en esta ciudad sin gobierno aún quedara un rescoldo de autoridad, aparecen varios policías haitianos bien pertrechados. Lo primero que disparan son bombas lacrimógenas, pero enseguida ya empiezan a sonar los primeros disparos.

Un sonido que ya se va haciendo familiar en Puerto Príncipe, junto al de los helicópteros que sobrevuelan la ciudad, junto al de la palabra ayuda gritada en todos los idiomas, junto a los niños que siguen llorando toda la noche.