sábado, 7 de agosto de 2010

ARGENTINA: LA IGNORANCIA DE JUAN JOSE SAER SOBRE LOS INDIOS COLASTINÉ


Por Flavio Dalostto

En primer lugar, he de confesar que no he leído Al escritor santafesino-francés, Juan José Saer, a excepción de un fragmento muy bonito, que leí alguna vez y cuyo título no recuerdo. No tengo nada contra su estilo de narración (No podría. En primer lugar porque no lo he leído y en segundo lugar porque no lo estoy criticando como narrador y menos como persona). Saer, por los comentarios que he leído de él, da toda la impresión de ser muy apreciado, en los círculos literarios de Argentina y más allá de nuestro país. Así, que, seguramente, debe tener muchas cosas valiosas. Pero, como todos debemos y podemos ser libres, yo leo lo que me atrae, lo que me seduce, lo que me impacta el alma, lo que me agita la sangre. No pertenezco al club de lectores que adoran a un escritor, simplemente porque un montón lo hacen. Personas, muchas veces, a las que, si les preguntan algo de Borges o de Córtazar, te dicen ¡Que bueno!, pero no los leyeron.


A veces “queda mal” que no te gusten ciertos escritores consagrados, aunque no hayas leído mucho de ellos o directamente nada. Borges me encanta y Cortazar se deja leer (para mí). Los aprecio como escritores, solamente. El primero era oligarca y el segundo golpista. Los conservadores se representan con Borges y los autodenominados “progres” con Cortázar. Borges murió en Ginebra. Cortazar y Saer murieron en París. Parece que ninguno de los grandes representantes de la literatura argentina, quieren morir en la “Patria”. Está bien. Son del Mundo, pero nuestro país también es parte de ese mundo. Escribieron sobre nosotros, pero no se quedaron aquí. Es, al menos, llamativo.


Volviendo spbre Saer (que falleció en 2005), al cual no conozco y menos juzgaré ni como escritor ni como persona; debo señalar al menos lo que yo considero una falta gruesa. En una de sus últimas novelas, “El Entenado”, relata (recrea) la famosa historia de aquel grumete Francisco del Puerto que sobrevivió a una expedición frustada de Juan Díaz de Solís (el comido) y que fue retenido por una tribu de indios charrúas o guaraníes, durante 10 años. Saer, en su relato de ficción, hace que sean los indios Colastiné quienes sustituyan a la otra tribu. Colastiné, es actualmente un topónimo compartido por dos localidades vecinas y santafesinas: Colastiné Norte y Colastiné Sur, además de un hidrónimo: el río Colastiné, casi pegados a la ciudad de Santa Fe. Saer vivió en Colastiné desde 1962, porque a partir de 1968 aceptó una beca en Francia, donde se terminó jubilando de profesor. En aquel corto tiempo costeño, tuvo amigos en Santa Fe y Colastiné, recorrió sus calles y su río. Los personajes y los paisajes con los que fabricó sus cuentos, se lo debió a ese Río de nombre indio, pero sus restos descansan en París, al lado de otro río más famoso, el Sena.


Según confiesa Saer, en una entrevista, la elección de ese etno-topo-hidro-nimo ¡que palabra!, la eligió porque "Colastiné es el nombre auténtico de una tribu. Una norma que yo tengo es cuando cito un nombre histórico, por ejemplo de una tribu, de un personaje, de un lugar, siempre tiene que saberse lo menos posible de eso. En la lista que da Antonio Serrano sobre los tributarios de los guaraníes en esa zona aparecen los indios colastiné, de los cuales no dice nada, de los otros dice alguna cosita, de estos sólo está el nombre. Pero ese nombre se ha transformado en una toponimia muy importante en Santa Fe, hay un río, hay dos pueblos, Colastiné Norte y Colastiné Sur. Hay un arroyo, que está en la ruta de Rosario, más al sur; se lo atraviesa ahora por la autopista, pero no tiene nada que ver con el río que es el que separa los dos sectores de Colastiné. Es una cosa muy atrayente, porque es un nombre que existe y que además tiene una linda sonoridad, pero del cual no se sabe nada. Para mí las novelas esas sobre personajes históricos, en donde se reproducen los rasgos históricos de los personajes y se les atribuyen cosas, no me atraen para nada. Muchos nombres los pongo por su sonido, por cómo pueden sonarle al lector. Cuando digo pasaron por Coronda, por ejemplo, ya sabemos que fue un jefe, retobado, y después una tribu, los coronda, junto con la toponimia de una ciudad importante adonde está la cárcel de Coronda. Cuando yo cito un lugar así es porque ese nombre tiene una resonancia también literaria, que puede impactar literariamente la imaginación del lector.


Me llama la atención, el hecho de que un escritor que vivió en Colastiné, y que tomó de ese paisaje natural y cultural, los ingredientes para sus relatos, jamás se haya preguntado realmente sobre “los colastiné”. Dejó en todo caso, que el viejo historiador Antonio Serrano le de una respuesta sin pregunta: Los “indios colastiné, de los cuales no dice nada”… “de estos sólo está el nombre”… “es un nombre que existe y que además tiene una linda sonoridad, pero del cual no se sabe nada.” Serrano ya le había contestado: los colastiné son nada, apenas un nombre. Es extraño que Saer, no preguntó, pero aceptó mansamente lo que otro contestó, desde la consagrada antropología paternalista. Pero, lejos de ser una excepción, esta liviandad de conocimientos, esta árida indagación hacia el tiempo mítico de lo propio; Saer pareciera cometer la misma negación con Coronda, localidad del sur santafesino, que evoca a un cacique y a una tribu. Localidad caracterizada por el cultivo de la frutilla. Desde el año 1928 ya se vendía frutilla corondina en Rosario y Galves. En 1947, ya se introdujeron variedades extranjeras que dieron mas desarrollo a la zona. Pero fíjese, que Saer no relaciona a Coronda con la linda y deliciosa frutilla, sino con la Cárcel para presos de alta peligrosidad que allí existe. Daría la impresión, a primera vista que Coronda es una cárcel y Colastiné solo un nombre, en la visión de Saer.


Pero resulta que las cosas no son como Saer dice. No se si de los Colastiné se sabe mucho, pero no es cierto que se sabe “NADA”. Y sí tiene que ver la historia de esos indios con las actuales localidades de Colastiné y con el río del mismo nombre. En primer lugar (y más allá que el de Saer es un relato de ficción), los indios Colastiné nunca estuvieron por estos pagos en el inicio de la conquista española del Río de la Plata, así que jamás pasaron por Coronda. El origen de los Colastiné hay que buscarlo en la zona del Antiguo Tucumán, entre el Salado Norte y el Bermejo medio. A fines del Siglo 16, en esa región habitaban, entre otras razas, los indios Lules, cuyas tribus terminaban sus gentilicios con el sufijo “stiné”, que debió significar “gente”. De ahí, las tribus de Oristiné, Isistiné, Axostiné y otras como la “Caustiné”, que con el tiempo se pronunció “Colastiné”.


En 1585 los españoles fundan en la orilla sur del río Bermejo Medio (en medio del Chaco), la ciudad de Concepción de Buena Esperanza, que tenía a varias etnias indígenas, incluídos grupos calchaquíes, como esclavos, en barrios especiales o ghetos de aquella época. Cerca de 1630, los calchaquíes se rebelan contra los españoles, ayudados por una vasta confederación india de los alrededores (abipones y tobas), en la cual tiene una decidida participación la tribu Colastiné. En 1632, Concepción sucumbe ante el poder indígena y es destruída. Luego de este episodio, los colastiné migran hacia el Sur junto a los calchaquíes chaqueños, formando otra federación india con nuevas tribus aliadas, esta vez en guerra contra las ciudades de Santa Fe y Corrientes, durante décadas.


Apretados desde el norte por sus antiguos aliados y ahora enemigos, mocovíes y abipones, desde el Este por los correntinos y desde el Sur por los santafesinos, la federación India del Valle de Calchaquí va siendo derrotada y sus integrantes eliminados o “reducidos” en pueblos de indios. Esto último sucedió con varias tribus que terminaron ubicadas en La Bajada (hoy ciudad de Paraná) y con los colastiné a los que los curas les fundaron Pueblo, en 1848, en la misma zona en que hoy persiste su nombre, pero en la que Saer, residiendo, se dejó responder por otro, que de ellos “no se sabe nada”.


En 1673, todavía había 20 colastinés esclavos en la ciudad de Santa Fe y sus inmediaciones. El resto ya estaba diezmado o mestizado en la misma zona.


Como soy de Santa Fe, debo hacer visitas periódicas a Colastiné Norte por razones de trabajo. He visto los rostros de ellos, sin haber vivido allí. Y puedo asegurarles que los colastiné existen. Y no solo por los rasgos antropológicos de muchos de sus pobladores, sino por el carácter mágico del lugar. Los antepasados de los Colastiné utilizaban el cebil para hablar con los dioses.


La importante historia de los colastiné debe completarse con los destinos de sus hermanos lules, que persistieron en la zona del río Salado hasta Tucuman, hasta bien entrado el Siglo 18. Hoy mismo, en Santiago del Estero y Tucumán, existen comunidades campesinas que reivindican su origen “lule”, su indianidad. ¿Por qué los dos pueblos de Colastiné modernos, no podrían hacer lo mismo, y reivindicar su raíz india, su “colestinidad”?, pero que no es la que les atribuye la imaginación de Saer. Sería un tributo a la rebeldía de los ancestros del lugar, a su esfuerzo por la libertad, a su compromiso con mantenerse dentro de la Vida. Un ejemplo de dignidad y persistencia para las jóvenes generaciones de la Costa santafesina.


En su libro, Saer hace de los colastiné una tribu antropófaga y orgiástica. Los primeros días y la descripción de la orgía de los colastiné ocupa unas ¡60 páginas! Casi todos los diez años restantes unas 10 páginas. Poco sé de la sexualidad de los lules, pero sí que no comían carne humana.


Al menos la idea que transmite Saer sobre “sus” colastiné es para mí infeliz, de "fama errónea", que le dicen, al menos por lo poco que leí de sus propios comentarios sobre su libro. Si alguien hubiera utilizado su nombre para escribir una ficción “Historia de Juan José Saer”, que nada hubiese tenido que ver con su vida, no sé si le hubiese gustado.


El Libro de Saer es famoso, pero no popular (“Parecían, como los animales, contemporáneos de sus actos, y se hubiese dicho que esos actos, en el momento mismo de su realización, agotaban su sentido. Para ellos, el presente preciso y abierto de un día recio y sin principio ni fin parecía ser la sustancia en la que, de cuerpo entero, se movían. Daban la impresión envidiable de estar en este mundo más que toda otra cosa. Su falta de alegría, su hosquedad, demostraban que gracias a ese ajuste general, la dicha y el placer les eran superfluo.); aunque sí se hacen populares los comentarios de los que como yo no lo leyeron. Eso es lo que más me preocupó en este asunto. Y reivindicar a los verdaderos Colastiné, entre los cuales Saer vivió, pero no quiso enterarse.


Hago mal porque está mal criticar a los muertos, ya que no pueden defenderse. Los antiguos colastinés, tampoco pudieron hacerlo. Ante mi falta de lectura, me consuela nuestro escritor santafesino Gastón Gori (muerto aquí), al que cuando le preguntaron sobre Juan José Saer respondió "A Saer no lo leí bastante".