miércoles, 4 de agosto de 2010

BOLIVIA: DE DIABLOS, PERAS Y OLMOS

De diablos, peras y olmos

Alejandro Dausá (Bolivia)

En un simpático texto escrito en 1967, Sergio Almaraz describía un diálogo imaginario con Satanás. El personaje infernal anunciaba que los bolivianos iban a ser castigados con la pérdida de minerales, petróleo, oro, estaño. Más aun, las huestes luciferinas arruinarían al gobierno, se meterían en los ministerios, harían que las oficinas estatales no funcionaran y agotarían sus fondos; alentarían además la construcción de obras inútiles, puentes sin ríos y caminos inservibles. El demonio se mostraba desalentado, cuando a toda aquella amenaza Almaraz le respondía que la totalidad de esos desmanes ya estaban perpetrados, tanto por la acción del capitalismo como por el concurso de sus socios locales, incluyendo partidos políticos y logias.

Sería ingenua (o directamente perversa) la intención de realizar un balance del actual gobierno sin hacer referencia explícita a la historia del país, incluyendo al extenso período del Estado neocolonial y al más breve del Estado neoliberal, el cual agudizó el saqueo y profundizó las contradicciones, propiciando las condiciones para que el campo popular articulara la memoria larga con la memoria corta de resistencias y luchas. La antinomia dictadura-democracia, que signó una larga etapa de la vida nacional previa al neoliberalismo, derivó en una contradicción más elemental, pero también más profunda: vida-muerte.

Algunos grupos de poder consideraron que el quiebre del modelo que tradicionalmente los benefició, así como el surgimiento de un presidente indígena, era sólo un capítulo más en la larga lista histórica. Los más extremos apostaron incluso a una ruptura drástica con aquella inaudita novedad por medio de un proyecto de fragmentación territorial y la organización de milicias asesoradas por reconocidos terroristas y mercenarios.

Por el contrario, creemos que esta fase visibiliza el agotamiento de una formación económico-social y la inauguración de un período de transición. Para comprender ese tipo de situaciones, Zavaleta proponía el concepto de momento constitutivo, producto de crisis profundas, en las cuales emergen aristas sociales normalmente ocultas. En dichas coyunturas históricas “…se requiere algo que tenga la fuerza necesaria como para interpelar a todo el pueblo o al menos a las zonas estratégicas de él, porque ha de producirse un relevo de creencias, una sustitución universal de lealtades, en fin, un nuevo horizonte de visibilidad del mundo. Si se otorga una función simbólica tan integral a ese momento es porque de aquí se deriva o aquí se funda el ´cemento social´, que es la ideología de la sociedad”[1].

Hay pues, en primer lugar, la adquisición popular de un sentimiento de autodeterminación, que públicamente y también desde el lugar del ejercicio de gobierno, propone como valores ciertas categorías y conceptos ocultados, menospreciados, perseguidos o relegados durante nada menos que doscientos años. Dicho proceso de autodeterminación, que es a la vez prolongación nacional o colectiva de dignidades personales, plantea y tiene la expectativa de un acceso amplio a educación, salud, seguridad social, nuevos mecanismos de participación política, una perspectiva diferente de la economía, etc. lo cual hace que se desplieguen, legitimen y legalicen variadas formas de subjetividad. Entre ellas cobra singular relevancia el protagonismo asumido por los movimientos indígenas y campesinos. Como indica Rafael Puente, dicho protagonismo ”no es casual, ni es decisión arbitraria de nadie, sino que es el resultado de una serie de hechos históricos que necesitamos entender (para de esa manera asumir la relativa incomodidad que podemos sentir ante algunas expresiones de dicho protagonismo)”[2].

Por eso, la reciente séptima Marcha de los Pueblos Originarios de tierras bajas instaló dramáticamente lo que constituye uno de los grandes nudos no resueltos del proceso de cambio: aquel del Estado que logró redefinirse con audacia en la CPE, pero que sigue pretendiendo ser autoreferencial. La institucionalidad estatal busca optimizar sus funciones, dejando intocados sus fundamentos. Se mantiene prisionera de su voluntad universalista (supuesta representante de los intereses de la sociedad toda) frente a la propia impotencia ante las contradicciones existentes en la sociedad, las cuales se manifiestan inevitablemente, más aun cuando los emergentes sociales son protagonistas de primer orden en el proceso de cambio[3].

Podemos intentar injertar al olmo para que dé peras, pero simultáneamente hay que sembrar perales

La frase anterior, escrita en otro tiempo y en diferentes circunstancias[4] vale sin embargo para identificar y sintetizar el desafío de construir, a partir de la realidad-real, la sociedad cuyos valores están expresados en los artículos 8 y 9 de la CPE. O bien, para utilizar de nuevo una expresión del Che, cómo lograr “la quimera de realizar el socialismo con al ayuda de las armas melladas del capitalismo”, ya que son las mayoritariamente vigentes.

Vivimos, nos movemos y existimos en una realidad atravesada por el capitalismo y sus formas de producción y, sobre todo, de reproducción social, cultural, espiritual, artística, subjetiva, etc. El nuevo Estado no puede restringir su acción a la “expropiación de los expropiadores” suponiendo que la formulación y aplicación de nuevos instrumentos jurídicos serían suficientes. Más allá de ese esfuerzo, ya de por sí titánico y necesario, es imprescindible la “siembra de perales” abonada por una pedagogía política explícita, orgánica y estructurada en una estrategia comunicacional que no parece existir hasta el momento.

El cuarto pilar de la refundación mencionado por el Vicepresidente en su discurso inaugural, sintetizado en “la capacidad de seducir y convencer”, debe ser recreado cotidianamente. Más allá de respaldos electorales y porcentajes favorables, no existe hegemonía garantizada; hasta el propio capitalismo es un ejemplo, ya que recurre a la fuerza, pero además educa a las sociedades en forma sistemática.

Trascendiendo el territorio nacional, existe un reto considerable: el mapa geopolítico regional se encuentra en curso de modificación, sea por procesos eleccionarios próximos (Brasil, Argentina), por la instalación de nuevos gobernantes explícitamente proclives al neoliberalismo (Panamá, Costa Rica, Honduras, Chile) o por el signo endeble o enigmático de algunos gobiernos (Paraguay, El Salvador, Guatemala) lo cual establece para Bolivia la urgencia de afianzar alianzas, no sólo intergubernamentales sino entre movimientos sociales.

El Informe 2010 sobre amenazas a la seguridad nacional producido por la comunidad de inteligencia de EEUU para el Senado de ese país, que resulta una suerte de actualización anual del listado de miembros del Eje del Mal bushiano, menciona cuatro veces a Bolivia. Indica que se mueve hacia un modelo autoritario, estatista a nivel político y económico, que se ha unido a otros gobiernos a fin de oponerse a las políticas e influencia de los EEUU en la región (en particular “la expansión del libre comercio, la cooperación contra el tráfico de drogas y el terrorismo, el entrenamiento militar, las iniciativas de seguridad e incluso los programas de asistencia norteamericanos”). Destaca la expulsión del embajador norteamericano y de tres docenas de miembros de la DEA como ejemplo de la “agenda autoritaria, estatizante y anti norteamericana” del presidente Morales. Identifica además como una amenaza el aumento de las relaciones de Bolivia con Irán[5]. Más que un documento de análisis teórico, se trata de una guía práctica para determinar acciones; basta observar la inminente (re)instalación de bases militares norteamericanas en Panamá y el ingreso de tropas a Costa Rica, como parte de una pinza que busca ampliarse.

Casi cinco siglos atrás, Nicolás Maquiavelo sugería al gobernante constructor de un nuevo Estado la importancia de edificarlo sobre “buenas leyes, buenas armas, buenos amigos y buenos ejemplos” a fin de mejorarlo y fortificarlo. Resulta además una estupenda fórmula para aplicarla en el ejercicio de evaluación del proceso que vivimos.

Alejandro Dausá

[1] René Zavaleta Mercado, Lo nacional-popular en Bolivia, Ed.Plural, La Paz, 2008, pág.59. El énfasis en negrillas es nuestro.

[2] Rafael Puente, El protagonismo indígena en el proceso de cambio, enero 2010.

[3] Ver por ejemplo el excelente artículo de Rafael Bautista, ¿Qué manifiesta la marcha indígena?, http://alainet.org/active/39273&lang=es

[4] Ernesto Guevara, El socialismo y el hombre en Cuba, Marcha, Montevideo, marzo 1965.

[5] Ver http://www.dni.gov/testimonies/20100202_testimony.pdf