viernes, 18 de marzo de 2011

URGENTE LIBIA: GENOCIDA GADAFI BOMBARDEA BENGASI

MILENIO

Crónica de Libia en guerra. Día 2: Bombardeo al aeropuerto de Bengazi

El piso tiembla y todo es confusión. Adentro del aeropuerto la mancha de humo negro demuestra que el ataque tuvo éxito con una precisión estratégica.


Día 2. Bengazi
Son las 4 de la mañana, escribo luego de tener un pequeño entredicho conmigo mismo. Hace una hora que la Organización de las Naciones Unidas declaró de forma oficial la restricción del espacio aéreo para los aviones de Gadafi y la gente festeja como si le sobrasen todas las balas del mundo. Pero más allá de ese relato, que como periodista de noticias me debiese importar más, quisiera describir el día de hoy de manera detallada para adentrarme en aspectos que dibujan al libio de forma más completa que la simple resolución de la ONU.
“Dicen que acaban de destruir este edificio, ¡jajaja! Que los aviones están reventando todo”, se ríe Ahmed después de apagar su celular. Tiene 18 años y su inglés tan refinado lo identifica de clase media alta. Junto a su hermano -mayor que él- coordinan el centro de prensa de los ‘rebeldes’ en un viejo edificio gubernamental ubicado sobre la costa mediterránea de Bengasi.
La combinación del llamado y el lugar donde me ubicaba no era casual. Los de un bando intentando desinformar con propaganda oficialista y los del otro mofándose de herramientas tan burdas por parte de un gobierno experimentado. Pero, ¿son tan inútiles esas tácticas? Quizás ahí viene el punto interesante, porque con sólo un puñado de periodistas que todavía trabajamos en Bengasi, la posibilidad de la manipulación de las noticias está a la orden del día. Nadie se salva y hasta las grandes cadenas informan desde ciudades más alejadas porque los reporteros temen que comience la ofensiva terrestre contra la segunda capital del país. (Temor cierto, y fundado en las declaraciones de Gadafi de recuperar la ciudad con sangre).
¿Cómo hacer entonces? Ir a la fuente de la información es la mejor respuesta. Y otro llamado que avisaba sobre el aeropuerto local recién bombardeado era la mejor oportunidad. “Ven en nuestro carro, también llevamos las cámaras para documentar las mentiras del régimen”, me gritan desde un Toyota todo machucado.

La calle tiene el caos usual. Muchos semáforos no funcionan y todos conducen como si los carriles fuesen para dos carros. Con la bocina pegada a la mano el conductor de nuestro automóvil abusa de su insignia ‘insurgente’ y avanza sin respetar señal alguna. “Déjame pasar, somos de los mismos ¿Estás loco? “, discute en el primer retén que nos topamos. Y como ese hubo cuatro, todos ubicados en cruces estratégicos que muestran a los milicianos posicionados con diferentes armamentos que van desde tanques de guerra a simples machetes.
Luego de varias discusiones repetidas todos nos dejan pasar hasta el último destino: el aeropuerto, lugar vedado para aquellos ajenos a la causa y custodiado por una fuerza importante de hombres armados. Y aunque el objetivo era ingresar, allí las órdenes militares pudieron más que las ganas de los propios colegas de armas y debimos conformarnos con grabar desde fuera del lugar para intentar probar que allí no habían bombardeado en la mañana.
Un tiro de metralla y una sirena de aviso de bombas suenan. Se combinan tan bien los dos que la melodía enchina la piel en medio segundo. “Corran, ahí vienen los aviones de Gadafi”, alerta un joven y señala al cielo donde un avión caza tipo mirage aparece como relámpago y, con una estela de humo negro, deja caer las bombas a quinientos metros de donde estábamos parados.
El piso tiembla y todo es confusión. Adentro del aeropuerto la mancha de humo negro demuestra que el ataque tuvo éxito con una precisión estratégica. Afuera, los milicianos disparan como si estuviesen poseídos con ráfagas de fusiles imposibles de dar en el blanco. Sobre un techo, un cañón antiaéreo martilla sus balas de 40 mm hasta que el propio frenesí de los combatientes hace que pierdan el equilibrio y caen cinco metros. “Alah u akbar, ¡Alah u akbar!, Dios es grande”, gritan luego de unos minutos como si fuese el grito de guerra que los alimenta de nuevas fuerzas.
Veinte minutos después la misma escena pero ahora el pánico se siente en todo nuestro cuerpo. “Van a tirar bombas aquí porque saben que tenemos los cañones y estamos armados, corran”, me dice en inglés Ahmed. La sirena suena y quince segundos parecen quince horas. La mayoría toma posición entre las casas destruidas y vuelven a soltar toda la metralla posible cuando el avión deja caer el segundo explosivo. Y de nuevo el grito de guerra, pero ahora coreado por los altavoces de la mezquita (iglesia) que los empuja a unirse y sentir que resistir es ganarle la batalla al poderoso Gadafi.