miércoles, 9 de enero de 2013

ANOCHE SOÑÉ CON CHÁVEZ

por Flavio Dalostto

Cuando me acosté, a eso de las tres de la madrugada (estoy de vacaciones), lo hice pensando en el Comandante Chávez, deseando, si pudiera hacerse, soñar con él, comunicarme en sueños, como la hacían los antiguos indios, o tal vez lo hacen algunos todavía.
Y sí, resultó que soñé con el Comandante Chávez, y decido relatar mi sueño, por si a alguno le interesa. Tal vez alguien pueda deducir su significado, si tiene alguno. Yo no lo sé.

Mi sueño fue así:
Estábamos en una especie de bar, pero no un bar común, era como una especie de museo, como esos lugares que son comedores tradicionales, pero a la vez están conservados de una manera histórica, todo era de madera marrón, lustrada, muy cuidado, el mostrador, las sillas, la mesa. Estaba situado en una esquina muy concurrida de una ciudad muy grande, como una metrópolis, lo rodeaban avenidas. Una ciudad de mucho colorido, de mucho tránsito de personas y vehicular. En el lugar, chico, había no más de diez mesitas redondas y unas tres o cuatro sillas alrededor de cada una. Junto a la mesita que rodeábamos (porque no estábamos sentados), estábamos, el Comandante, yo y dos hombres más. En el medio del bar, había una columna fuerte, grisásea, redonda y muy ancha. El Comandante estaba de pie, junto a esa columna.

Mi novia, ajena a nuestra conversación, pedía algo en uno de los mostradores. Conversábamos, no se bien de qué. Chávez hablaba muy tranquilo, ni fuerte ni despacio, sin esa grandilocuencia de sus discursos, normal, parecía un hombre común (aunque todos sabíamos que no era un hombre común, y todos los que estaban en ese bar, estaban por él). Los que estábamos, unas 15 personas, estábamos atentos a él, pero encimados a él. La mayoría, varones. Todos escuchaban nuestra pequeña conversación. No reconocí a nadie. No había guardia personal, ni soldados, ni nada. No estaba Maduro, ni Cabello ni Castro ni sus hijas. Sin embargo, todos ahí parecían tener relación con el Comandante. Todo era ameno, agradable, como ya lo he dicho tranquilo. Afuera, el día era espléndido, soleado.

El aspecto de Chávez era el de siempre que lo hemos visto gozar de buena salud, erguido, sereno, con su sobrepeso normal. Me llamó la atención que el color de su camisa, de tela gruesa, era de color rojo, pero no el rojo estridente del chavismo, sino que era un rojo ladrillo, entre rojo y marrón, un color si se quiere pacífico. Tenía pantalones azul, no un azul oscuro, un azul común.

Me despedí de él (antes ya había salido mi novia y estaba esperando un bus en la esquina), le dí un beso y me abrazó. En ese abrazo sentí un inmenso amor por él y sentí el inmenso amor de él. Lo sentí como un amor poderoso, sincero y palpable, casi denso. Me preguntó por mi novia, nombrándola con su nombre apocado, bien familiar "¿Y la _ _ _ _ _?". "Ella ya se fué", le contesté.

Y me desperté.